SÍNDROME DE LA AVARICIA
Ya he confesado en otra entrada mi infausto síndrome de pobreza ( bag-lady syndrome ), esa superstición íntima que me inclina a no gastar hoy por miedo a una imaginaria penuria mañana. No es avaricia —conviene aclararlo—, porque la avaricia no teme perder: desea poseer. La mía es una cautela neurótica; la otra, un apetito desmedido. La avaricia, en efecto, no se contenta con conservar: quiere acrecentar sin medida. Pero cuando ese afán se exacerba, termina por volverse contra sí mismo. Lo demasiado codiciado acaba malogrando lo ya logrado. Y la lengua, siempre más sabia que nosotros, lo dejó sentenciado hace siglos: la avaricia (o codicia) rompe el saco . El refrán aparece por vez primera en La lozana andaluza (1528), donde se lee: «…En fin, la codicia rompe el saco.» La imagen es perfecta: el saco que, de tanto llenarlo, se desgarra; y por la rotura se escapa lo acumulado con tanto ce...