PERSISTIR


    

Creo que en una entrada anterior mencioné que mi hija Lorraine, desde Sarasota, me envía con cierta frecuencia noticias de gente mayor. Un vejete de 96 años que ha terminado una maratón de tres kilómetros. Una foto de una anciana de 89 nadando en las aguas gélidas de Groenlandia. La historia de un hombre de 104 pedaleando por los Alpes. Dos viejos de 103 y 106 bailando claqué en una plaza de Nueva York.
    ¿Y qué?
    ¿Qué se supone que debo admirar exactamente? ¿La resistencia biológica? ¿La longevidad convertida en espectáculo? Me llama la atención que no me envíe noticias de un anciano que haya terminado su doctorado en química orgánica. No veo fotos del cirujano de 95 años que sigue operando en el hospital Johns Hopkins. Tampoco titulares sobre una señora de 93 que, tras siete años de estudio, se diploma en La Sorbona. ¿Cuántos mayores de 85 están matriculados en la Universidad Complutense de Madrid?
    No critico la actividad física; soy firme valedor de ella, como lo soy de la actividad intelectual, a cualquier edad. Lo que me incomoda es otra cosa: esa tendencia a presentar al mayor como una curiosidad zoológica cuando hace algo físicamente llamativo. Como si la vejez necesitara justificarse mediante la extravagancia.
    Y, sin embargo, ahí están los ejemplos que apenas se subrayan. Mi amigo José María Carrascal murió a los 93 habiendo dejado escrito su artículo para ese día en el diario ABC. Y Álvaro Pombo, a sus 86 años y miembro de la RAE, acaba de publicar otra novela. Eso no es hazaña: es continuidad. Es vocación sostenida.
    Ya le he dicho a mi hija que no necesito saber de los logros pintorescos de los demás. Estoy bastante ocupado tratando de superar los míos: afinando mi inglés, afinando mi castellano, componiendo artículos, un diccionario y libros. No me interesa la longevidad como récord. Me interesa la conciencia en marcha.

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