¿QUÉ LEEMOS CUANDO LEEMOS UNA TRADUCCIÓN?


 Por simple limitación lingüística, tengo que leer en traducción a Strindberg, Tolstói, Pirandello, Sienkiewicz, Ibsen y a tantos otros grandes de la literatura universal. De los más de seis mil idiomas que se hablan en el mundo, apenas me defiendo —y no demasiado bien— en tres. Esa circunstancia me condena, como a la inmensa mayoría de los lectores, a conocer buena parte de la literatura universal a través de traducciones.

Muerte en Venecia (1912), de Thomas Mann, es una de esas obras. La he leído en castellano y en inglés, porque el alemán que conozco apenas me alcanza para seguir el texto original. Como tantos otros lectores, siempre me queda la misma duda: ¿qué estoy leyendo realmente? ¿A Thomas Mann o a sus traductores?

Revisando mi biblioteca encontré tres traducciones españolas de la novela, además de una inglesa. No pretendo hacer aquí un estudio de teoría de la traducción; simplemente quiero mostrar un ejemplo que invite a reflexionar. Porque todos leemos traducciones. Nadie se salva.

La cuestión cobra actualidad ahora que en los círculos editoriales se debate sobre el futuro del traductor ante el avance de la inteligencia artificial. La IA traduce más deprisa, cuesta menos, cumple siempre los plazos y, además, nunca protesta. Pero ¿traduce mejor? ¿O simplemente ofrece otra interpretación del texto?

Veamos un ejemplo.

Ya instalado en el Hotel Excelsior de Venecia, Adolf von Aschenbach, protagonista de la novela, baja al comedor y contempla la diversidad cosmopolita de los huéspedes.

Raúl Schiaffino traduce así el comienzo del pasaje:

«Había allí un ambiente mucho más abierto y de mayor amplitud y tolerancia...»

Juan del Solar opta por otra formulación:

«Ante él se desplegaron amplios horizontes que abarcaban, tolerantes, una gran diversidad...»

Para orientarme, acudí también a una traducción inglesa de Martin C. Doege:

A wide and all-encompassing horizon opened itself out...

Y, por curiosidad, pedí a ChatGPT (OpenAI) una traducción directa del original alemán. Me propuso esta versión, que encuentro especialmente lograda:

«Se abría un horizonte amplio, tolerante, abarcador de muchas cosas. Amortiguados, se mezclaban los sonidos de las grandes lenguas. El frac, atuendo vespertino de validez universal —uniforme de la civilización— reunía exteriormente las diversas modalidades de lo humano en una decorosa unidad. Se veía el semblante seco y alargado del americano, la numerosa familia rusa, damas inglesas, niños alemanes con institutrices francesas. El elemento eslavo parecía predominar. Muy cerca se hablaba polaco.»

Basta comparar algunas expresiones para advertir que cada traductor toma decisiones distintas.

  • «Había allí un ambiente...» frente a «Se abría un horizonte amplio...».
  • «Coloquios a media voz» frente a «murmullo apagado» o «sonidos amortiguados».
  • «Traje de etiqueta» frente a «traje de noche internacional» o, simplemente, «frac».
  • «Uniforme de la cortesía», «uniforme de la decencia» o «uniforme de la civilización».
  • «La raza eslava», «el elemento eslavo» o «el componente eslavo».
  • «Institutrices» o «ayas».

Ninguna de estas opciones es disparatada. Todas pueden defenderse. Pero ninguna es idéntica a las demás, y todas modifican, aunque sea ligeramente, el tono del original. Si además el lector no conoce el alemán —como es mi caso— resulta imposible saber hasta qué punto cada versión refleja el estilo de Thomas Mann: su vocabulario, su sintaxis o el ritmo de sus frases.

Las traducciones son un mal necesario, o quizá sería más justo decir un bien imprescindible. Gracias a ellas podemos acceder a obras que, de otro modo, permanecerían cerradas para nosotros. Los traductores hacen posible que la literatura viaje entre lenguas y culturas, y por ello merecen nuestro reconocimiento.

Pero conviene no llamarse a engaño. Toda traducción es una interpretación. Cada traductor elige una palabra y descarta otra, privilegia un matiz frente a otro, acerca o aleja el texto del lector. Ninguna versión puede ser el original.

Para quien tenga curiosidad, este es el párrafo tal como lo escribió Thomas Mann:

Ein weiter, duldsam vieles umfassender Horizont tat sich auf. Gedämpft, vermischten sich die Laute der großen Sprachen. Der weltgültige Abendanzug, eine Uniform der Gesittung, faßte äußerlich die Spielarten des Menschlichen zu anständiger Einheit zusammen. Man sah die trockene und lange Miene des Amerikaners, die vielgliedrige russische Familie, englische Damen, deutsche Kinder mit französischen Bonnen. Der slavische Bestandteil schien vorzuherrschen. Gleich in der Nähe ward polnisch gesprochen.

Con la llegada de la inteligencia artificial al mundo de la traducción, muchos anuncian la desaparición del traductor. Aunque desapareciera la figura profesional —lo que está por ver—, el problema seguiría siendo exactamente el mismo: toda traducción, humana o automática, será siempre una interpretación del original.

El lector, al fin y al cabo, seguirá leyendo versiones.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS NALGAS Y SUS SINÓNIMOS COLOQUIALES

ALBERTO NÚÑEZ FEIJOO Y EL IDIOMA INGLÉS

Nombres hipocorísticos en inglés