CUANDO EL IDIOMA SE PONE LA TOGA


 Hay expresiones que nacen en los tribunales y terminan en la calle, donde adquieren una vida mucho más amplia que la que les dieron los legisladores. Con premeditación y alevosía es una de ellas. En el uso corriente, viene a significar que algo se hace con malas artes, con intención deliberada y sin dar al otro la menor oportunidad de defenderse. No es poca cosa.

El artículo 22 del Código Penal español, aprobado por la Ley Orgánica 10/1995, define la alevosía en estos términos: «Hay alevosía cuando el culpable comete cualquiera de los delitos contra las personas empleando en la ejecución medios, modos o formas que tiendan directa o especialmente a asegurarla, sin el riesgo que para su persona pudiera proceder de la defensa por parte del ofendido». Una definición que, dicho sea de paso, no se distingue precisamente por su ligereza.

La premeditación, que figuraba en textos legales anteriores, desapareció como circunstancia agravante autónoma del Código Penal de 1995. La alevosía, sin embargo, sobrevivió, y la expresión con premeditación y alevosía siguió su camino por el idioma, sin pedir permiso a nadie.

Ya en 1852, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) ponía estas palabras en boca de uno de sus personajes: «¡Usted me hiere con premeditación y alevosía! ¡Usted merece morir ahorcada por mis brazos!». Cuatro años después, Concepción Arenal escribía: «¿No ejecutan el delito con premeditación y alevosía, con circunstancias que le agravan?».

Desde entonces, la fórmula ha encontrado acomodo en la literatura española y ha sido empleada, entre otros, por Emilia Pardo Bazán, Joaquín Calvo Sotelo, Fernando Sánchez Dragó, Luis Mateo Díez y Juan Manuel de Prada. La lista podría alargarse, pero el espacio manda.

He aquí, pues, un buen ejemplo de cómo el lenguaje jurídico abandona los códigos, se incorpora al habla común y acaba sirviendo para mucho más que describir un delito. Porque uno puede ser herido con premeditación y alevosía sin que haya sangre, arma ni tribunal de por medio. Basta con que alguien nos haga una faena de las que no se improvisan y, además, se cuide muy bien de que no podamos devolverle el golpe.

El idioma, como se ve, también sabe de agravantes.

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