EL ABUSO DE A PRIORI


 

A priori. Antes, en principio, anteriormente, antes de considerar.

En la Edad Media los escolásticos empleaban las expresiones latinas a priori y a posteriori para significar dos formas de razonamiento en las que se iba respectivamente del principio a lo principado y de la consecuencia al principio.  Para el filósofo alemán Leibniz, las verdades eternas o primeras verdades son a priori, independientemente de la experiencia. Para Manuel Kant equivale a la posibilidad de conocimientos universalmente válidos de la experiencia. Sin embargo, esta expresión del latín ha dejado los claustros de la filosofía para pasearse por las calles, de la mano de todo tipo de escritores y hablantes del idioma, muy ufana y orgullosa de sí misma. Su significado es camaleónico, cambiante y hasta mareante. En principio. De entrada. Antes que nada. Para el diccionario Clave, por ejemplo, es “antes de examinar el asunto de que se trata.”  Manuel Mindán Manero, en su Historia de la filosofía y de las ciencias, 1969, emplea el latinismo en 52 ocasiones. Al emplearlo, y cito a Jiménez Lozano , la persona  “... piensa seguramente menos en iluminar la afirmación que está haciendo que en manifestar su propio status supuestamente alto-cultural con un vocabulario que cree que es escogido.” El caso es ser pedante. Javier Marías nos regala un ejemplo, donde en 17 palabras emplea dos clichés: “La concesión del Nobel al novelista Coetzee, uno habría dicho a priori que no podía levantar menos ampollas.” (El País Semanal, 19/10/2003). Este latinajo debería encerrarse en un cajón, bajo llave, para que no se escape.  


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